La paradoja de la ciencia colombiana: brillamos afuera, nos asfixiamos adentro

Colombia asciende en la élite científica mundial, mientras que el presupuesto público que sostiene esa ciencia se desploma. Esta es la fotografía de una contradicción que el país no puede permitirse. La lista Stanford–Elsevier, coordinada por el epidemiólogo John P. A. Ioannidis, identifica cada año al 2 % de los investigadores más citados del mundo. De los más de ocho millones de investigadores activos en el planeta, apenas unos 200.000 logran entrar. No es un trofeo decorativo: es una de las señales más rigurosas de un impacto científico real.

El criterio de selección es un índice compuesto, el c-score, que combina seis indicadores extraídos de la base de datos Scopus: citas totales, índice h, índice hm ajustado por coautoría y citas como autor único, primer autor y último autor. En conjunto, miden no solo el volumen de impacto, sino también el rol del investigador en cada publicación.

El ranking no premia a quien publica mucho, sino a quien es  más leído y citado por la comunidad científica internacional. Filtra el ruido del prestigio local, las métricas infladas y la autopromoción. Aparecer en este índice significa que otros investigadores del mundo usan tu trabajo. Esa es una validación que ninguna institución colombiana puede otorgar por sí sola.

Los números cuentan una historia impactante. En 2019, la lista incluía a 48 investigadores colombianos. En 2024, son 128. La presencia colombiana se multiplicó por 2,7 en seis años. El número de instituciones representadas también creció: de 18 a 51.

El top 10 de 2024 lo encabeza la Universidad de Antioquia, con 16 investigadores. Le siguen la Universidad de los Andes (10), el Centro Internacional de Agricultura Tropical (9), la Universidad del Valle (8), la Universidad Nacional (7), la Universidad de la Costa (6), la UIS y la Javeriana (5 cada una), la Universidad del Atlántico (4) y la sede Manizales de la Universidad Nacional (3).

La Universidad de Antioquia merece un punto y aparte. Pasó de tres investigadores en 2019 a dieciséis en 2024: un crecimiento del 433 %. Hoy, la institución colombiana cuenta con más científicos en el top 2 % del mundo. No es producto del azar, sino de décadas de política institucional sostenida por la investigación. Este acierto hay que analizarlo desde las perspectivas institucionales de las demás regiones del país.

Bogotá sigue siendo el principal polo (22 investigadores en 2024 entre las 10 principales), pero ya no es el único. Cali alcanzó 17, Medellín 16, Barranquilla 10, Bucaramanga 5. La ciencia colombiana dejó de ser un fenómeno exclusivamente capitalino. Esta es quizás la transformación más esperanzadora del periodo. También hay que estudiar el retroceso de la Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá.

Aquí viene el contraste brutal. Mientras nuestros investigadores brillan en el ranking más exigente del mundo, Colombia invierte en investigación y desarrollo apenas el 0,21 % del PIB, según el documento CONPES 4145. El promedio de la OCDE es de 2,71 %. Corea del Sur invierte el 4,93 %; Israel, el 5,56 %. Invertimos 13 veces menos que los países con los que decimos que queremos competir.

Y la situación empeora. El presupuesto del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación pasó de \$484.961  millones en 2023 a \$397.875  millones en 2024 (–17 %), a \$266.988  millones en 2025 (–32,8 %) y apenas a \$120.709 millones en el anteproyecto de 2026 (–54,7 %). Como porcentaje del Presupuesto General de la Nación, equivale al 0,02 %: el nivel más bajo desde la creación de Colciencias. La meta del Plan Nacional de Desarrollo era duplicar la inversión en I+D hasta alcanzar el 0,5 % del PIB para 2026. Vamos en sentido contrario.

Colombia tiene científicas y científicos de nivel mundial que generan impacto global con migajas presupuestales. Imagínense lo que harían con una financiación digna. La ciencia colombiana no es un gasto. Es la mejor inversión que el país puede hacer y no está haciendo.

Ante esta dramática situación, la comunidad científica ha guardado un silencio ensordecedor. No hemos salido a la calle a pedir un presupuesto justo para la ciencia. Seguimos exportando talento becando a jóvenes en el exterior y no generamos oportunidades para repatriarlos. Hay que hacer buena investigación, pero también debemos participar en política exigiendo presupuesto y condiciones para las nuevas generaciones de investigadores e investigadoras.

A poco más de dos semanas de la primera vuelta del 31 de mayo de 2026, busqué en los programas de gobierno y en declaraciones públicas qué proponen los principales candidatos en materia de investigación científica. La conclusión de fondo es desalentadora: la ciencia no es un eje de campaña. Aparece mencionada, casi siempre como complemento de otros temas (educación, IA, productividad). Ningún candidato se compromete con la meta del actual Plan Nacional de Desarrollo de elevar la inversión en I+D al 0,5

El debate público sobre tecnología se ha reducido casi exclusivamente a la inteligencia artificial como herramienta de gestión (anticorrupción, seguridad, eficiencia administrativa). La distinción entre la investigación científica orientada a generar nuevo conocimiento y la adopción de herramientas tecnológicas existentes no se entiende y, obviamente, no existe en la conversación electoral.

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