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EL CASO MAJORANA

Nadie supo jamás el destino de un pasajero, que la noche del 25 de marzo de 1938 abordó el barco que cubría la ruta Nápoles – Palermo. La misteriosa desaparición apenas hubiera merecido una pequeña noticia en la sección de sucesos en un periódico local, de no ser que se trataba de Ettore Majorana, el físico más brillante de su generación.

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Nuestro personaje había nacido en Sicilia en 1906 y desde muy niño despuntó como un superdotado para las ciencias. A los cuatro años de edad resolvía complicados problemas de matemáticas.

Majorana se doctoró con honores a los 23 años bajo la tutoría del futuro Premio Nobel, Enrico Fermi, líder de un grupo conocido como “los muchachos de la calle Panisperna”, que era el nombre de la calle donde se encontraba el Instituto de Física de la universidad de La Sapienza, en Roma. El grupo estaba formado por jóvenes físicos brillantes y fueron sin duda, vanguardia de la física nuclear.

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Eran tiempos convulsos en la Europa de entreguerras, y de agitada efervescencia en física: la ciencia estaba develando la constitución del núcleo atómico y se vislumbraba la posibilidad de la bomba nuclear. En 1933 trabajó en Alemania con Heisenberg, premiado un año antes con el Nobel y quien sería uno de los pocos amigos que tuvo.

Perfeccionista y crítico mordaz con él mismo y con los demás, Majorana era reacio a la publicación. Apenas publicó nueve trabajos de unas seis o siete páginas cada uno, pero suficientes para delatar la profundidad conceptual y la capacidad de su autor. Su nombre se asocia hoy a los neutrinos de Majorana, partículas que son su propia antipartículas, un tema candente en la física actual, y que pudieran asocirse con la materia oscura.

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En los años treinta su salud comenzó a deteriorarse. La gastritis lo consumía. Un agotamiento nervioso lo fue haciendo cada vez más huraño e introvertido, se alejó de sus amigos y prácticamente se convirtió en un ermitaño.
En 1937 comenzó a trabajar en la cátedra de Física Teórica en la Universidad de Nápoles donde lo decepcionó la poca receptividad que tenían sus cursos.
En marzo de 1938, el mismo año en que Fermi ganaría el Premio Nobel, el joven físico sacó sus ahorros del banco y abordó el barco y desapareció. ¿Para siempre?
El veredicto de la policía fue suicidio. Se había arrojado al mar. Un par de enigmáticas cartas y un telegrama previos, no hacen sino aumentar la confusión. En una de las cartas escribe: “Sólo tengo un deseo, no vistan de luto por mí…si son capaces de hacerlo, olvídenme”.

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Sobre su desaparición se tejieron toda suerte de hipótesis. Mucha gente asegura haberlo visto después de la fecha del presunto suicidio. Hay quienes sostienen que ingresó a un monasterio. Otros mantenían que estaba en la Unión Soviética trabajando en la construcción de la bomba. Hay evidencias de que estuvo a mediados de los años 50 en Venezuele bajo el nombre de Bini. La viuda del escritor Miguel Angel Asturias afirmó haberlo conocido en Argentina como amigo de una matemática de nombre Eleonora Cometta-Manzonni. Eleonora murió antes de la investigación de 2006. Una hermana de Eleonora de nombre Lila Manzoni Cometta no pudo o no quiso aportar datos a la investigación.

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La vida y tal vez la muerte de Ettore Majorana encierran más preguntas que respuestas. Sobre él se escribió una novela, «La desaparición de Majorana» de Leonardo Sciascia

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y se filmó una película, «I ragazzi di Via Panisperna» de Gianni Amelio:
Tal vez nunca conozcamos la verdad del caso Majorana, una mente descomunal, una mente atormentada que invocó las palabras de Enrico Fermi: “Hay varias clases de científicos. Están los que hacen correctamente su trabajo. Están los de primer orden, que hacen descubrimientos que abonan el progreso de la ciencia. Y luego están los genios como Galileo o Newton. Ettore era uno de ellos”.

Héctor Rago